Félix A. López Román
Propondría enmendar el Evangelio según Juan cuando dice que en el principio era el verbo. La frase supone que el fundamento o principio es el ser o, si se quiere, que hay un algo o ente que fundamenta. Sin embargo, el verbo quizás es posterior, porque el fundamento es el vacío. Solo de ahí puede surgir el verbo. No hay música ni palabras sin el silencio. La música sin silencio es
ruido. El habla sin vacío es parloteo. No hay acción sin una inacción previa. No hay tormenta si no la fundamenta la calma. No hay una pintura sin previamente un lienzo en blanco. La poiesis surge del vacío. Ahí radica la potencia y energía del cero. Quizás nosotros, llamados occidentales, se nos hace difícil concebir el mundo desde el no-ser, desde el vacío o desde el cero. Por eso los romanos no pudieron concebir el cero en su sistema de numeración. Sin embargo, otras tradiciones, no occidentales, podían entender el mundo desde el vacío fundamental. Por eso, en el siglo VII, en la India se concibió el cero como número con valor propio y símbolo de la nada. Esa invención se adjudica a el matemático Brahmagupta. Los árabes, por su parte, comprendieron el valor de la nada e incluyeron el cero en el sistema de números arábicos que hoy utilizamos.
Desde Occidente varios pensadores asumieron esta concepción del vacío. Entre ellos, se encuentra el sacerdote dominico Máster Eckhart en donde, en el Siglo XIV, decía: “Pido a Dios que me vacíe de Dios”. Máster Eckhart proponía una experiencia nihilista de Dios quien para él era “la pura Nada”. De ahí, que para Eckhart somos el fruto de la Nada. Esta concepción, que llevó a Eckhart a ser condenado por la Inquisición, fue compartida con otros sacerdotes, entre
ellos, el franciscano Ángelus Silesius que en el Siglo XVII se preguntaba hacía dónde debo dirigirme y, a su vez, se contestaba que tenía que dirigirse hacia más allá de todo sentido, hacia el desierto, hacia la Nada. Estas ideas tienen resonancias con el budismo, particularmente el budismo zen, cuando ya el maestro Dogen en el siglo XIII decía que estudiar el camino del Buda es estudiar el yo y estudiar el yo es olvidarse del yo. También el maestro de Rinzai Zen, Linji
Yixuan que en el Siglo IX decía: “Si encuentras al Buda, mata al Buda”. Esto, en referencia a que ningún practicante del budismo puede sostener su práctica en el ser sino que debe sostenerse en el no-ser, el vacío o el cero.
Sin embargo, no se debe confundir la idea del vacío con la nada absoluta. Más bien, la tradición budista concibe el vacío desde la expresión que en sánscrito se traduce como sunyata que significa igualmente vacío, nada y relación. Es decir, el fundamento, entendido como vacío, es el carácter relacional y complejo de la totalidad. Sostenerse en el uno, en el ser o en una entidad es una forma de engaño porque parte de una lectura sustancialista de las cosas. Como si las cosas
tuviesen propiedades inherentes fuera del contexto relacional con la totalidad. Por ello, el Sutra del Corazón, que se canta en todos los monasterios budista, repite constantemente, en una de sus frases “el vacío es forma y la forma es vacío”; como recordatorio del carácter relacional y la ausencia de sustancia en la vida.
De ahí, la potencia del cero que es también la potencia del vacío y de la nada. Esa potencia que permite, usando a Heidegger, que siempre haya posibilidades de ser posible sin que nunca se llegue a la plenitud de ser. En otras palabras, el ser siempre es una posibilidad, que nunca llega a ser.
Nuestro mundo parece que ha clausurado el vacío, la posibilidad de la nada y de la inacción. En un mundo tan lleno de verdades, doctrinas, información y de seres en plenitud, la potencia del cero nos invita a la posibilidad de quiebre, de recrear otras formas de vida y de relación. Ahí radica su potencia. A fin de cuentas, en el principio era la Nada.

Leave a Reply