La importancia de las pequeñas cosas

comentario al ensayo: Al cumplir ochenta, de Henry Miller

Por Marlene Duprey Colón

Pocas personas recordarán en estos días a Henry Miller y sus escandalosas novelas pornográficas. En varias entrevistas preconizaba que los jóvenes escritores tendrían que inventar otra forma de rebelión en la escritura, pues el ya se había ocupado de moverle el piso a la mojigatería americana con su personalísima literatura en favor de la libertad sexual. Me atrevería a decir, que los jóvenes de ahora encontrarían sus novelas autobiográficas “overrated” ante la ubicuidad de lo sexual en la cultura contemporánea. Lo sexual se vive, al parecer, sin grandes apasionamientos ni compromisos con el otro. Su escritura era desparpajada, iconoclasta, burlona, incómoda y cómica al mismo tiempo. Sus detractores más generosos lo catalogaron como “un escritor con éxito efímero en el terreno de la obscenidad, la farsa, el misticismo y el oscurantismo” (30). Cuando estaba
por cumplir los setenta años, escribió un texto titulado “Mi vida como un eco” en el que expresaba que aunque era “norteamericano por todos lados”, se sentía “en casa en cualquier lugar menos en mi propio país”(32). Las novelas de Miller fueron prohibidas en su país desde 1934 hasta el 1961 cuando varios pleitos legales llegaron a la corte suprema de EE.UU, constituyéndose en un importante precedente sobre la libertad de expresión en la nación americana. Ante la censura de sus escritos, originalmente sus lectores y admiradores fueron mayormente franceses y japoneses. El breve texto biográfico titulado “Mi vida como un eco” lo escribió por encargo, y fue publicado en español junto a otro en- sayo titulado Al cumplir ochenta por la editorial de Universidad Nacional Autónoma de México en el año 2004 en una hermosa colección titulada Pequeños Grandes Ensayos.

Henry Miller era una multiplicidad. Hasta los cuarenta años -nos cuenta- realizó trabajos y oficios tan disimiles como recolector de basura, cavador de tumbas, bibliotecario, vendedor de libros, agente de seguros, recolector de boletos, empleado de un rancho, entre otros oficios (40). También fue director de personal en la compañía telegráfica Wester Union de Nueva York donde según él, tuvo algo de éxito, aunque durante esos años de juventud fue, en sus propias palabras, un inadaptado. Su “naturaleza rebelde”, lo mantenía en un estado de insatisfacción constante que le impidió comprometerse connada (34). Un buen día, a los cuarenta años, se muda a Francia donde comienza otra vida: “Fue hasta que llegué a Francia cuando descubrí que nadie más que yo era responsable de todas las desgracias que me habían sucedido” (34). Descubrir esa verdad “lo
liberó”, dando comienzo a su vida de escritor y haciendo “ las paces con el
sufrimiento” (34). Su singular manera de sufrir, fue hacer de esta condición humana algo tan inherente como “la risa, la alegría, la traición”(34). Miller convirtió su propia vida en el principal material de su escritura. El oficio de escritor fue lo único que le “pedía con ansías al Creador” (35). Una vez consigue tener éxito como escritor se lamentaba siempre con la sorna y la ironía que lo caracterizaba de que “ni en sueños concebía el precio que tendría que pagar por semejante privilegio. Nunca me imaginé tratar con tanto idiota y tanto necio como los que se han cruzado en mi camino durante los últimos veinte años o más” (35).

Ya en el umbral de los ochenta, sus palabras intentan hacer pasada de balance del
devenir que fue su intensa vida. ¿Qué valoraba Miller Al cumplir ochenta? Pues retoma su reflexión sobre la escritura y la fama que le supuso aquellas novelas censuradas, para alertar a los jóvenes aspirantes a escritores. Decía que “lo que importa son las pequeñas cosas, no la fama ni el éxito o el dinero”. Expresaba con honestidad sin ironía alguna, que cuando se es muy exitoso en oficios como el de escritor, “los últimos años podrían ser los más infelices de tu vida (salvo que hayas aprendido a tragarte tus mentiras). El éxito, desde el punto de vista mundano, es la plaga del escritor que aún tiene algo que decir, pues cuando llega la época en que podría disfrutar de un poquito de ocio, resulta que está más ocupado que nunca porque se ha vuelto víctima de admiradores, adeptos y todos los que
desean explotar su nombre” (16). El problema que enfrentaba era el de “mantenerse libre y hacer solo lo que uno quiere” (16). Por eso añadía que es bueno agradecer “ser del montón”. Su reiterada pasión por la escritura estaba animada por un genuino sentido del placer que le producía, pues ya no sentía ninguna ilusión por ‘la importancia de las palabras”.

Expresaba Miller lo que, irónicamente, según las pistas que nos da Byung Chul-
Han en la Sociedad del cansancio, será la textura de los tiempos actuales, tenga usted algo que decir o no. Las personas buscan estar siempre ocupadas, atareadas, intentando ser exitosas, influencers, empresarios, creando contenido en las redes sociales and so on. La sabiduría del que ha llegado a los ochenta años, nos dice que debemos ir en la dirección contraria: valorar la lentitud, el ocio, la contemplación y el disfrute de las pequeñas (grandes) cosas. Entre ellas, Miller valoraba mucho el amor y la amistad. Tuvo muchos amores y amoríos. Algunos de una intensidad turbulenta. Pero también Miller tenía muchos amigos, esos que acompañan en la vejez. De la amistad resaltaba que uno de los mayores temores de la gente al pensar en la vejez es creer que ha esa edad ya no se es capaz de hacer nuevos amigos. Enfatiza que, “quien tuvo alguna vez la facultad de culti-
var amistades, no la perderá por viejo que sea”. (20) Esta observación no la debemos separar de la otra sentencia que dice Miller y que suele señalarse en otros escritos sobre la vejez: aquella que plantea que “en lo fundamental la gente no cambia con los años. Salvo raras excepciones la gente no evoluciona ni se transforma…la vida nos obliga a aprender ciertas lecciones pero no necesariamente a crecer” (17). Esto aplica desde luego, a las formas cómo nos relacionamos con todo, incluyendo las amistades. Quien de joven tenía la capacidad para entablar y conservar relaciones amistosas y de estrechar
vínculos afectivos con los demás, lo hará también en la vejez. Lo contrario también aplica. Es decir, quién de joven no era persona de muchos amigos, en la vejez difícilmente se vuelva más amistoso. Hacer amistad, está ligada a otras capacidades inherentes a los humanos, pero más desarrollada en unos que en otros: la capacidad para la curiosidad y para el asombro. Miller valoraba enormemente esa inclinación a una curiosidad “por todo
y por cualquier cosa”, capacidad que desde su experiencia, lo convirtió en el escritor que era. El sentido del asombro, lo representaba como un modo de existencia que no intenta contestar al porqué de la creación ni de las cosas del mundo, sino de un sumergirse en ella desde el disfrute y el placer (19).

Para terminar este breve comentario, menciono dos observaciones del texto de Miller que merecen ser destacadas. Escribe Miller que “Tal vez lo más alentador de envejecer con gracia sea la capacidad cada día mayor de no tomar las cosas demasiado en serio. Una de las diferencias entre un sabio genuino y un predicador radica en la jovialidad”(21). Para mí, esta es una de las mayores sabidurías que se logran si se envejece con gracia y, añadiría que, cuanto antes se desarrolle ese talento mucho mejor. No tomar las cosas demasiado en serio, no significa ser irresponsable ni con uno, ni con el mundo. Es más bien el resultado de una experiencia acumulada por los años, que enseña a aquel que se deja enseñar por la vida, que somos muy poca cosa, casi nada. Preservar esa jovialidad en la vejez sería el indicativo de que valió el esfuerzo de vivir. A esa jovialidad que acompañó a Miller en su vida y en su vejez (no empece a las dificultades por las que atravesó) “no le interesa la moral; está por encima y más allá de tales consideraciones, tiene un espíritu libre. (21). Otra observación que hago de Miller en este ensayo, es que su voz fue parte de las voces que desde los años sesenta defendían la eutanasia como “una salida inmediata y sin dolor” a quienes en su vejez están pasando por enfermedades, sufrimiento y condiciones incapacitantes. Frente a los excesivos cuidados médicos, reivindicaba que “una vida breve y alegre es mucho mejor que una larga vida sustentada por el miedo, la cautela y la perpetua vigilancia médica”. (27)

Estos breves textos de Henry Miller, Mi vida como un eco, y Al cumplir ochenta, son una nota distante y disonante al orden del discurso actual sobre la vejez. No se exalta sin más la longevidad como pretende el pensamiento del positivismo actual, pero tampoco se centra en el dolor que trae de suyo esta etapa a quienes han llegado a ella. Propone de manera oblicua, propiciar en el mundo, -siempre que se pueda- aquello que le falta: “grandeza, belleza, amor, compasión y libertad”. (27).

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