Por María de Lourdes Lara Hernández, PhD
Desde el comienzo de su investigación científica, el vacío –y en concreto el vacío cuántico– se nos ha revelado como un tema de investigación asombroso y prometedor. Lejos de la idea popular de una especie de “nada” carente de todo interés, la riqueza de sus estructuras, la distancia que separa sus propiedades de nuestras intuiciones ordinar ias y la complejidad de los fenómenos que lo caracterizan, seguirán dando material de trabajo a los investigadores durante mucho tiempo.
(Alemañ, 2013)
Introducción
A lo largo de casi dos décadas, el pensamiento del filósofo francés Edgar Morin ha servido como brújula intelectual y ética en mi trabajo como psicóloga social comunitaria, docente universitaria y promotora de la democracia participativa en Puerto Rico. Desde la publicación de “Al Margen de los Márgenes: Transdisciplinariedad y Complejidad” en 2007, pasando por la co-creación del Instituto Transdisciplinario de Investigación Acción Social (ITIAS) y la Fundación Agenda Ciudadana, hasta las reflexiones más recientes presentadas en el Congreso de la Sociedad Interamericana de Psicología, los conceptos de complejidad y transdisciplinariedad han articulado una forma de comprender y actuar sobre el sufrimiento humano, la convivencia democrática y la educación ciudadana. Este ensayo intenta recoger algunas de esas reflexiones para destacar cómo el pensamiento complejo de Morin ofrece, no solo un marco epistemológico, sino una propuesta ética y práctica para mi trabajo como psicolóloga social comunitaria y la educación en democracia participativa.
La tesis que atraviesa estos casi veinte años de trabajo es sencilla y a la vez radical: reducir al ser humano o a la comunidad a una sola dimensión —biológica, psicológica, social o política— mutila nuestra comprensión e incapacita nuestra acción social. Desde esta convicción, la complejidad no ha sido solo un acercamiento académico sino una necesidad existencial: es la
condición para atender el sufrimiento humano sin fragmentarlo, para educar sin
descontextualizar, y para practicar la democracia sin reducirla al voto cada cuatro años. Y, al igual que en la física cuántica, la energía de punto cero nos enseña que incluso el vacío contiene fluctuaciones residuales imposibles de eliminar, el pensamiento complejo de Morin nos revela que incluso en los estados más precarios de una comunidad o una democracia subsisten energías
—saberes, lazos, memorias, capacidades creativas— que el pensamiento simple descarta como ruido. Esa energía residual, como se explorará al final de este ensayo conectando con el último libro de Morin (2024) ¡Despertemos!, es la materia prima de toda transformación social.
Complejidad humana y crítica al pensamiento simple
La complejidad del ser humano, de su naturaleza múltiple —biológica, psicológica, social—, ha superado por mucho nuestra capacidad de conocerlo, abordarlo e investigarlo acudiendo a propuestas simplistas, reduccionistas o poco pertinentes (Lara, 2007). Durante siglos, hemos trabajado guiados por lo que Morin (1999) llama “inteligencia ciega”, un paradigma de simplificación que conduce a reducir lo complejo a lo simple (reduccionismo), a desarticular la
armonía del sistema de elementos simples e inconexos (disyunción) y a abstraer anulando la diversidad (abstraccionismo). Este paradigma ha permeado la psicología, que tradicionalmente se ha pensado como una ciencia objetiva, experimental y predictiva, excluyendo lo social y lo biológico, o reduciendo los procesos humanos a variables manipulables en laboratorios.
Como advierte Morin (1999), “el pensamiento que separa, que aisla, que reduce, impide captar lo complejo, lo global y lo fundamental”. Los seres humanos no podemos ser explicados a base decategorías estrechas: desbordamos la posibilidad de explicación en la psicología y a través de todas las ciencias. La comprensión de la complejidad humana no es un asunto exclusivo de la
psicología; es una tarea transdisciplinaria.
Esta crítica cobra urgencia en un mundo que enfrenta transformaciones inéditas: la ansiedad y la depresión cotidiana de cientos de millones de jóvenes producto del hiperindividualismo de las redes sociales; de las políticas públicas que implosionan el bienestar; y la eliminación de los derechos humanos más básicos para normalizar la explotación. Como denuncia el filósofo
Byung-Chul Han (2014), asistimos a “la agonía del Eros”: la pérdida de la interdependencia fundamental entre los seres humanos. La pérdida de esta interdependencia, como declara Morin (2020), se presenta como obsoleta ante una propuesta estructural y tecnocapitalista de renunciar a nuestra convivencia.
Transdisciplinariedad, universidad y ecología de saberes
Frente a estos desafíos, Morin propone una reforma del pensamiento que implique pasar del conocimiento encajonado a un conocimiento relacional. La transdisciplinariedad —entendida como orientación epistémica: trans, más allá de, a través de, entremedio de— es un puente entre disciplinas y no una fusión confusa. Como aclara Morin (1999): “La transdisciplinariedad no es
la negación de las disciplinas, sino la capacidad de situarlas en relación, de articularlas, abrirlas unas a otras”. No se trata de acumular conocimientos disciplinarios, sino de organizarlos y articularlos.
En Siete Saberes Necesarios para la Educación del Futuro;, Morin (1999) nos invita a “reemplazar una enseñanza que disocia los saberes por una que se rearticule en función de los problemas fundamentales y globales; una educación transdisciplinaria, capaz de formar mentes críticas, abiertas y contextualizadas. Esta propuesta debería estar revolucionando la educación superior, los saberes y las formas de aprehenderlos. Sin embargo, como denunciaba Román (2009), el discurso de la universidad de investigación contradice su práctica al seguir sustentándose en las coordenadas del pensamiento simple, aliado a una razón utilitaria e instrumentalista.
Desde esta convicción, en la Universidad de Puerto Rico se han desarrollaron propuestas concretas: el bachillerato en Investigación Acción Social (INAS) y el Instituto Transdisciplinario de Investigación Acción Social (ITIAS), que capacitan a estudiantes en metodologías transdisciplinarias integrando el saber universitario con el saber comunitario. La Investigación Acción Participativa (IAP) y la ecología de saberes se asumen como prácticas que promuevenuna convivencia activa de saberes, donde investigadores e investigados se confunden en una
relación sujeto-sujeto (Villasante, 2007). Como señala Morin (1999), el conocimiento es navegar en un océano de incertidumbres a través de archipiélagos de certezas. La educación, entonces, debe comprender la enseñanza de las incertidumbres, mantener viva la capacidad de asombro y asumir la ecología de la acción: una actividad compleja, llena de riesgos, donde cada decisión genera lo inesperado, lo imprevisto y las transformaciones.
La Psicología Social Comunitaria como práctica de religación
Si la realidad se expresa compleja, inaprensible desde una o varias disciplinas, la comunidad —espacio donde confluyen todos los actores de esa realidad— no puede ser estudiada, explicada o servida desde una sola disciplina (Lara, 2007). La comunidad se describe como un espacio complejo, tanto por sus actores, que viven y conviven desde y con sus diferencias, como por susfunciones: protagoniza la socialización, la promoción de valores, la seguridad, la recreación, la educación y el ocio. En el buen uso de la palabra, la comunidad es un caos orgánico, con la capacidad de generarse y regenerarse al infinito. Morin (1990) nos propone el principio dialógico para comprender esta complejidad Orden y desorden son dos enemigos: uno suprime al otro pero, al mismo tiempo, en ciertos casos, colaboran y producen la organización y la complejidad;. Asumir la recursividad de las interacciones a distintos niveles; y el principio holográmático-las partes contienen el todo y el
todo explica las partes– es asumir esta complejidad. La comunidad se plantea como productora de saberes: saberes inclusivos que validan a cada actor, que sirven de plataforma para la construcción de las ciencias y las políticas, saberes que se objetivizan y luego se replantean creando, desde el caos orgánico, nuevos saberes.
La Psicología Social Comunitaria, consciente y crítica de los abordajes históricos de la psicología, ha ido articulando un marco de investigación e intervención, al menos interdisciplinario, que permite una mirada y relación más compleja (Montero, 2004; Sánchez, 2000; Wiesenfeld, 2005). Sus áreas de trabajo —participación, concientización, control, poder, autogestión, identidad social— demuestran que su aparente ambigüedad teórica y diversidad metodológica ha sido, precisamente, su mayor fortaleza: su capacidad de adecuarse al contexto,
al escenario y a los actores. La Psicología Social Comunitaria se presta para y hacia la transdisciplinariedad: complementariedad que no excluye la disciplina, pero supera sus vacíos y limitaciones.
Agenda Ciudadana y educación para la democracia participativa
La propuesta de Morin (2020) de una “política de humanidad” nos recuerda que “el mundo está en cada uno de nosotros” y que “la solidaridad y la responsabilidad no son sólo imperativos políticos y sociales, sino también personales”. En “Cambiemos de Vía: Lecciones de la Pandemia”, sostiene que la reforma de la sociedad y la del individuo son inseparables. Estos cuatro imperativos —solidarizar contra la atomización, regenerar contra la anonimización, convivencializar contra la degradación de la calidad de vida, y moralizar contra la irresponsabilidad (Morin, 2009)— han orientado el trabajo de la Fundación Agenda Ciudadana, creada en 2007 como espacio nacional para educar y facilitar encuentros inter-transdisciplinarios.
Agenda Ciudadana ha sido un laboratorio vivo de investigación-acción donde la ciudadanía se relaciona para comprender problemas complejos con soluciones igualmente complejas. La tarea ha sido religar: religar voces, saberes y acciones que cotidianamente se fragmentan y desarticulan. Las metodologías son dialógicas —diálogo deliberativo y diálogo sostenido—Justicia Dialógica porque los problemas sociales son complejos y no tienen una sola solución. Como advierte Morin (2020), “la democracia participativa, concebida para recuperar la vitalidad ciudadana, no puede suscitar espontáneamente ciudadanos activos y bien informados. Necesita un tiempo de arraigo y aprendizaje”. Los datos del Instituto Global V-Dem (2026) confirman esta urgencia: el nivel global de democracia ha retrocedido al de 1978 (el 74% de la población mundial —unos seis mil millones de personas); y por segundo año consecutivo las autocracias (92) superan a las democracias (87).
En Puerto Rico, la precarización de la democracia se refleja en pobreza, desigualdad, violencia y una educación cívica deficiente (Lara, 2023). Hacer de Puerto Rico un país que aprende a vivir y participar activamente en la democracia requiere educar para el diálogo entre diferentes, desarrollar competencias ciudadanas personales, emocionales, comunicativas y sociales, y crear espacios donde la democracia sea práctica cotidiana, no solo voto cada cuatro años. Como dice Byung-Chul Han (2014), “la escucha tiene una dimensión política. Es una acción, una participación activa en la existencia de otros, y también en sus sufrimientos”. El diálogo deliberativo y sostenido son las competencias maestras de la democracia: buscan humanizar las relaciones y hacer de la solidaridad una acción concreta de equidad y justicia. Agenda Ciudadana aspira a un modelo de democracia participativa donde los ciudadanos se informen constantemente, se eduquen, defiendan los derechos humanos y civiles, promueven la justicia
social y pidan cuentas sobre la gestión pública. Como sostiene Morin (2020), “la democracia parlamentaria, por muy necesaria que sea, es insuficiente” y propone diseñar formas de democracia participativa que fomenten la regeneración del pensamiento político.
Energía de punto cero: del vacío cuántico a la complejidad social
En la física cuántica, la “energía de punto cero” designa la energía mínima que conserva un sistema incluso en su estado más bajo; no se puede eliminar por completo porque el vacío cuántico no es “nada”, sino un estado con fluctuaciones residuales (Alemañ, 2013). Esta noción, apunta Alemañ, ¨desafía la idea de que lo visible o lo aparente agota la realidad: incluso el vacío contiene actividad física residual¨. En el pensamiento complejo de Morin se sostiene, desde la
epistemología, un principio análogo: un fenómeno no se comprende si se le separa artificialmente de su entorno y de sus relaciones (Solana Ruiz, 2011). Ambos conceptos —la energía de punto cero y el pensamiento complejo— son dos respuestas a un mismo impulso intelectual: ir más allá de las explicaciones simples. La comparación más sólida entre la energía de punto cero y los principios de Morin es metafórica y epistemológica (Solana Ruiz, 2011). El principio dialógico de Morin sostiene que dos nociones opuestas pueden ser a la vez complementarias; en la energía de punto cero, el “vacío” no es pura ausencia, sino un estado con energía residual y fluctuaciones: hay una tensión
entre vacío y actividad donde una oposición aparente no agota la realidad. El principio recursivo —los productos y efectos de una acción pueden volver sobre su propia causa, formando bucles de retroalimentación— encuentra su analogía en la idea de que los procesos sociales y cognitivos se auto-producen, no como estados cuánticos, sino como sistemas donde las partes y el todo se
generan mutuamente. El principio hologramático —la parte está en el todo y el todo está en la parte— se ilumina con la imagen del vacío cuántico, que no es un fondo vacío separado del sistema, sino algo que se manifiesta localmente en cada región del espacio. Y el principio de incertidumbre: ambos rompen la idea de certeza absoluta, uno desde la epistemología y otro desde la física.
Lo que esta metáfora nos enseña para las ciencias sociales es que la realidad comunitaria y psicológica, como el vacío cuántico, nunca está vacía de significado ni exenta de actividad. Una comunidad empobrecida, aparentemente “vacía” de recursos, contiene energías residuales: saberes laicos, memoria histórica, lazos de solidaridad, capacidades creativas inexplotadas. La Psicología Social Comunitaria, al asumir el pensamiento complejo, aprende a leer esas fluctuaciones residuales que el pensamiento simple descarta como ruido o imprecisión. Como sostiene Morin (1999), “el conocimiento es navegar en un océano de incertidumbres a través de archipiélagos de certezas”. La energía de punto cero nos recuerda que incluso en los estados más bajos —en la precariedad, en la exclusión, en el sufrimiento— subsiste una actividad que no
puede ser eliminada y que es la materia prima de toda transformación social.
En su libro más reciente, “¡Despertemos!” (2024), Morin, a sus 101 años, lanza un llamado que conecta directamente esta metáfora con la acción política y civilizatoria. Propone una “política de salvación pública” que integre la ecología en todas sus dimensiones —política, social, técnica, científica— y que sea a la vez una política de la energía, del agua, de la ciudad, de la educación, de la solidaridad y de la civilización. Nos dice Morin (2024): “Lo propio de lo humano es la unitas multiplex: la unidad genética, cerebral, intelectual, emocional del Homo sapiens demens, que expresa sus innumerables potencialidades a través de la diversidad de culturas. La diversidad humana es el tesoro de la unidad humana, que a su vez es el tesoro de la diversidad humana”. Esta noción de unitas multiplex es la traducción filosófica de la energía de punto cero aplicada a
la condición humana: incluso en el estado más bajo de una civilización, subsisten fluctuaciones residuales de humanidad, de creatividad, de esperanza, que no pueden ser eliminadas.
Morin (2024) identifica tres principios de esperanza que enlazan directamente con nuestra práctica como personas. El primero: apostar por lo improbable, porque los grandes acontecimientos salvadores han sido inesperados. El segundo: las posibilidades y la creatividad del ser humano, cuyas capacidades cerebrales están en gran parte inexplotadas y cuyas posibilidades son inconmensurables, no solo para lo peor sino también para lo mejor. El tercero:
la imposibilidad de que dure infinitamente cualquier sistema que transforme a la sociedad y a los individuos en máquinas, porque toda máquina supuestamente perfecta comportará fallos y el orden más total no podrá sustraerse, tarde o temprano, a la inexorable desintegración. Estos tres principios no son optimismo ingenuo: son la energía de punto cero de la política. La esperanza está en lo residual, en lo improbable, en lo que subsiste incluso cuando todo parece agotado.
Trascender para comprender, colaborar y humanizar
¨No podemos eliminar la desdicha ni la muerte, pero sí podemos aspirar a un progreso en las relaciones entre humanos, individuos, grupos, etnias y naciones. Renunciar al mejor de losmundos, no significa renunciar a un mundo mejor¨ (Morín, 2024)
A lo largo de estos casi veinte años de trabajo, la influencia de Edgar Morin ha operado como un hilo conductor que articula tres dimensiones inseparables: la epistemológica (comprender la complejidad sin reducirla), la ética (atender el sufrimiento humano sin fragmentarlo) y la política (practicar la democracia sin reducirla a representación). Trascender las disciplinas no es negarlas, sino situarlas en relación, articularlas, abrirlas unas a otras. Trascender no es competir, sino colaborar. No es debatir o polarizar, sino dialogar y deliberar. No es encerrarse en ciudadanías territoriales, sino abrazar una ciudadanía planetaria.
La Psicología Social Comunitaria, desde su compromiso con la comunidad como espacio complejo, y la educación para la democracia participativa, desde su compromiso con el diálogo y la escucha, comparten una misma aspiración: religar saberes para humanizar. Como propuso Morin (2024) en “¡Despertemos!”, se trata de una política plenamente humanista que reconozca “la plena humanidad del prójimo” y que sea capaz de “rehumanizar y resocializar nuestras existencias”. La energía de punto cero nos enseña que incluso en los estados más bajos de una
comunidad o de una democracia, subsiste una actividad residual que no puede ser eliminada: la capacidad humana de asombrarse, de dialogar, de solidarizarse, de crear. Esa energía residual es la materia prima de la Psicología Social Comunitaria y de la educación para la democracia participativa. El reto y la oportunidad es el proyecto recursivo y dialógico: el tejido entre y más allá de nuestras disciplinas, buscando comprender para hacer y creando nuevos espacios y prácticas democráticas. Como dice Morin (2024): “No podremos eliminar la desdicha ni la muerte, pero sí podemos aspirar a un progreso en las relaciones entre humanos”. Trascender el miedo por la confianza; trascender para abrazar la compasión, la empatía y la solidaridad: reducir el sufrimiento, base fundante de nuestro compromiso y trabajo. La esperanza, como la energía de punto cero, subsiste incluso cuando todo parece vacío. Al decir de Morín: ¨La esperanza está en lo improbable¨ (Morín, 2024)
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